Aquí sintetizo los resultados más sobresalientes de un diagnóstico realizado este año (2025) en las comunidades del Cañón del Pilaya, del lado que comprende Tarija que son: Colorados Norte, Noques, Yumasa, Acheral, Mandor Grande, Mandor Chico, Mollehuayco, Cerro Redondo, Melón Pujio y Jarca Cancha.
El estudio, basado en una metodología mixta, combinó datos de los censos comunitarios del 2025 con trabajo de campo cualitativo, entrevistas y observación participante. La investigación, desarrollada en el marco del proyecto para la creación de la Reserva Ecoturística y Monumento Natural Cañón del Pilaya, quiso comprender las condiciones sociales, económicas y culturales de un territorio que por el momento se conserva mediante pequeñas familias pilares, con un sentimiento de arraigo que hace referencia constante a sus antepasados.
I. Panorama general y contexto del diagnóstico
La vida junto a redes comerciales tradicionales persiste en las diez comunidades de raíces campesinas. La gente resiste al aislamiento y a la aspereza de las condiciones por la extensa y vital razón de que heredan y sostienen una majestuosa tierra. En esta área de más de 26.000 hectáreas, y donde la geografía impone límites físicos y sociales, un diagnóstico socioeconómico fue clave para ofrecer un retrato preciso y humano de una región cultural y productivamente en riesgo. El propósito central, desde un enfoque sociológico, fue el de describir y explicar las formas sociales de sustento que sostienen a las comunidades y, al mismo tiempo, identificar vulnerabilidades y potenciales frente al desafío del desarrollo sostenible.
II. Principales hallazgos demográficos y sociales
En el área vive un total de 427 personas, distribuidas en 104 familias. Se observa un leve equilibrio de género a nivel global, con 218 hombres (51.1%) y 209 mujeres (49%).
El tamaño promedio de las familias es de 4 miembros. Sin embargo, este promedio oculta una realidad de atomización: un 15% de los hogares son unipersonales, compuestos mayoritariamente por adultos mayores, cuya subsistencia depende de redes de colaboración comunitaria.
La distribución de la población en el territorio es desigual. Cuatro comunidades (Colorados Norte, Melón Pujio, Cerro Redondo y Jarca Cancha) concentran el 71.9% de los habitantes. En el otro extremo, las comunidades más pequeñas, como Acheral, Mandor Grande (con 14 habitantes cada una), enfrentan un riesgo crítico e inminente de despoblamiento.
En el diagnóstico se expuso una estructura demográfica marcada por el envejecimiento y el despoblamiento: el 32% de los habitantes supera los 60 años, en contraste con solo un 16% de población infantil. Un factor clave para interpretar las cifras es la alta movilidad de la población. Los habitantes de esta área rural no residen de forma permanente en sus tierras, sino que circulan entre estas y otros destinos migratorios, con retornos esporádicos. En consecuencia, la población que reside efectivamente y sostiene la vida comunitaria es significativamente menor al total registrado. Se estima que un tercio de los miembros por comunidad habita allí de forma permanente, siendo este grupo, en su mayoría, la población envejecida.
El patrón de despoblamiento se explica por la migración constante de jóvenes, especialmente mujeres, hacia centros urbanos como Tarija, San Lorenzo y diferentes lugares de Argentina. La tasa de alfabetización alcanza el 67,4%, con una brecha significativa entre hombres (75,5%) y mujeres (59,2%). Las desigualdades en educación, sumadas a la falta de oportunidades locales, impulsan la migración y generan lo que se denomina ‘adultez forzada’ en el caso de los niños, donde se ven forzados a vivir como adultos de manera temprana. El sistema educativo les niega la oportunidad de continuar su escolarización. Los jóvenes no siguen estudiando después de los 15 años. Aquí la educación funciona como un «sistema de expulsión»: cumple con alfabetizar, pero la ausencia total de oferta secundaria local convierte a la primaria en un fin en sí mismo, en lugar de un escalón. Esto crea una profunda contradicción social: los jóvenes adquieren aspiraciones fomentadas por la educación básica, pero carecen de vías para alcanzarlas.
También el acceso vial se erige como el principal determinante del desarrollo: las comunidades conectadas a las vías principales concentran el 78,2% de la población, mientras las aisladas se mantienen con 5 familias a lo mucho por comunidad.
III. Economía local y vulnerabilidades estructurales
La economía en esta área del Cañón del Pilaya es esencialmente de subsistencia, basada en cultivos tradicionales y la cría de animales menores. El trabajo femenino, mayormente doméstico y no remunerado, sostiene gran parte del sistema productivo. La falta de caminos, mercados y servicios básicos perpetúa una alta vulnerabilidad monetaria. Su principal generación de ingresos (economía de renta) depende de la venta incierta de pocos productos clave: papa, maíz, arveja y ganado menor (ovinos/caprinos). Esta actividad es constantemente amenazada por la falta de asistencia técnica (resultando en «malas cosechas») y, de manera crítica, por las barreras logísticas que impone el precario estado de los caminos. Así, las comunidades viven al límite entre la autosuficiencia y la vulnerabilidad climática, donde se suma sus condiciones precarias de salud. Es rescatable que conservan conocimientos agrícolas ancestrales que podrían transformarse en la base de una más grande economía agroecológica y comunitaria.
Pullo hecho por la esposa- Mandor Chico
IV. Dinámicas culturales y organizativas
De las dinámicas sociales y culturales se puede decir que son el sostén de la vida comunal. Las tradiciones y fiestas patronales mantienen viva la integralidad en el área, pero queda claro que la migración y el envejecimiento amenazan la transmisión de saberes. En el estudio se advierte la pérdida del patrimonio inmaterial y la necesidad de documentar la “memoria larga” y la historia oral. Las comunidades tradicionales conservan lazos familiares fuertes, aunque enfrentan liderazgos desgastados y fragmentación política. La reorganización comunitaria, el fortalecimiento del liderazgo femenino y juvenil y la gestión cultural del ecoturismo aparecen como claves para revitalizar la identidad colectiva.
V. Síntesis y proyección territorial
Por lo que finalmente en el diagnóstico se plantea una visión de futuro basada en el equilibrio entre conservación y desarrollo endógeno. El Cañón del Pilaya posee un vasto patrimonio natural y cultural, con potencial ecoturístico. Para aprovecharlo (antes que se despueblen las comunidades), se propone cinco ejes estratégicos: mejorar la conectividad vial, fortalecer el movimiento productivo-comercial, desarrollar capital humano y social, consolidar la gobernanza intercomunal y establecer un sistema participativo de monitoreo. Con estos ejes se buscaría articular la sostenibilidad económica con la agencia social y la identidad territorial. La importantísima región del Cañón del Pilaya, desde su aparente marginalidad, emerge como un espacio clave para repensar un nuevo pacto rural entre memoria, naturaleza, belleza y desarrollo.
*Mayor investigación social y más profunda mostraría que la sostenibilidad en el Pilaya no depende solo de infraestructura, sino de la reconstrucción del tejido social y simbólico que le da sentido, porque sin dudas lo que llamamos Tierra, o bien Naturaleza, solo cobra vida y sentido con la gente que heredó la forma de habitar aquellos espacios. Desde esa mirada, la Reserva Ecoturística y Monumento Natural del Cañón del Pilaya además de proteger el paisaje, también eleva las voces que aún lo habitan.
Vista desde la vieja Acheral
Comunario con su Ajipa -Pilaya
Cultivo de frutilla- Cerro Redondo
Desgranando (o harina) de maíz- Mandor chico
El camino hacia la vieja acheral
El guía turístico recibiendo mensajes- Melón Pujio