Hace tres años, en medio del calor, el polvo y los desafíos que deja conservar uno de los territorios más grandes y biodiversos de Bolivia, nació una idea que parecía demasiado ambiciosa: dejar de mirar las áreas protegidas como espacios aislados y empezar a entenderlas como parte de un gran paisaje vivo, conectado por bosques, agua, fauna, cultura y personas.
Así comenzó el sueño del Centro de Operaciones del Gran Paisaje Chaco Pantanal Ñembi Misi, un nombre que en guaraní significa “pequeño refugio”, aunque con el tiempo terminó convirtiéndose en mucho más que eso.
Al principio, la idea era construir un pequeño centro de interpretación del Gran Chaco Americano, un lugar donde las personas pudieran comprender la importancia de conservar uno de los ecosistemas más extensos y amenazados de Sudamérica. Pero el territorio tenía otras necesidades y, como suele pasar en los lugares donde la naturaleza marca el ritmo de la vida, el proyecto creció junto a los desafíos.
Ñembi Misi se transformó en un verdadero centro de operaciones. Un espacio desde donde hoy se articulan acciones científicas, técnicas, comunitarias y de fortalecimiento de capacidades para todo el Gran Paisaje Chaco Pantanal en Bolivia. Un lugar donde convergen guardaparques, técnicos, brigadistas, investigadores, autoridades y comunidades, todos unidos por una misma misión: cuidar el territorio sin desconectarlo de la vida y del desarrollo de quienes lo habitan.
Porque conservar no significa detener el progreso. Significa encontrar formas más inteligentes y sostenibles de convivir con la naturaleza, respetando los ciclos ecológicos y garantizando que las futuras generaciones también puedan disfrutar de agua, bosque, fauna y oportunidades.
Y quizá fue el fuego el que terminó de darle identidad a Ñembi Misi.
Desde 2023, el centro se convirtió en el punto estratégico para la instalación del Sistema de Comando de Incidentes (SCI) durante las emergencias por incendios forestales en el sur del municipio de Roboré y el ACIE Ñembi Guasu, especialmente a lo largo de la carretera bioceánica. En los momentos más críticos, más de 180 personas llegaron a albergarse en el campamento mientras desde allí se organizaban brigadas, alimentación, logística, comunicación y respuesta en campo.
Lo que comenzó como un refugio terminó convirtiéndose en un corazón operativo para la conservación y la atención de emergencias en un territorio que supera los 12 millones de hectáreas dentro de Bolivia.
Pero Ñembi Misi no vive solamente de la emergencia. También es un espacio donde la sostenibilidad se practica todos los días.
Dentro del predio funciona un módulo apícola orientado a investigar y promover la producción sostenible de miel, demostrando que es posible generar alternativas económicas compatibles con la conservación del bosque. También existe un sendero de interpretación donde los Guardianes de Ñembi Guasu comparten con visitantes parte de la riqueza cultural y natural del Chaco boliviano: plantas medicinales, saberes ancestrales, objetos tradicionales y la relación histórica entre las comunidades y el monte.
Caminar por ese sendero no es solo recorrer un bosque. Es entender que la conservación también tiene memoria, identidad y cultura.
El centro además cuenta con un sistema de cosecha de agua y energía fotovoltaica, convirtiéndose en un ejemplo práctico de cómo la sustentabilidad puede dejar de ser un discurso para convertirse en una forma real de vivir en el territorio.
Y si hay algo que resume el espíritu de Ñembi Misi, probablemente sea su vivero.
Desde hace tres años funciona de manera ininterrumpida produciendo alrededor de 5 mil plantines nativos al año. Esos árboles hoy llegan a municipios, colegios, cuarteles y áreas afectadas por incendios forestales, aportando a la restauración de ecosistemas y devolviendo vida a lugares que el fuego dejó marcados.
Quizá ese sea el mayor logro de Ñembi Misi: demostrar que la conservación no ocurre solamente en documentos o discursos, sino en acciones concretas, en personas trabajando juntas, en bosques restaurados, en brigadistas organizados, en jóvenes aprendiendo sobre su territorio y en comunidades que siguen defendiendo el lugar donde viven.
Cuatro años después, Ñembi Misi ya no es solo un pequeño refugio, es un símbolo de articulación, resiliencia y esperanza para el Gran Paisaje Chaco Pantanal.