Hace unos años, en 2018, un grupo de personas de Argentina, Bolivia y Paraguay se unieron para estudiar el Gran Chaco Americano, una región increíblemente diversa en términos de su naturaleza y cultura. Después de un análisis detallado, que se plasmó en la Actualización de la Evaluación Ecorregional del Gran Chaco Americano, descubrieron que la zona sureste de Bolivia y el norte de Paraguay era la menos intervenida y transformada de toda la región. Con esa información, nació la idea de crear el Gran Paisaje de Conservación Chaco-Pantanal.
El Gran Paisaje es un concepto emocionante que abarca una gran cantidad de áreas protegidas y ecorregiones, incluyendo el Pantanal, la Chiquitania y el Cerrado, que se unen con el Gran Chaco. Es una visión conjunta para proteger la naturaleza, los procesos ecológicos y los servicios ecosistémicos, y también para apoyar el desarrollo de las comunidades que habitan en la zona.
El proyecto también aborda la idea de la multibiota, que se refiere a cómo diferentes ecorregiones interactúan entre sí y cómo se pueden gestionar en conjunto. Es un concepto muy complejo, especialmente cuando se trata de territorios compartidos por diferentes países, pero es un desafío que vale la pena asumir.
El proyecto también aborda la idea de la multibiota, que se refiere a cómo diferentes ecorregiones interactúan entre sí y cómo se pueden gestionar en conjunto. Es un concepto muy complejo, especialmente cuando se trata de territorios compartidos por diferentes países, pero es un desafío que vale la pena asumir.
En el amplio horizonte del Gran Chaco, la Reserva Natural Palo Santo – Estación John Burton se alza como un bastión de conservación en medio de la llanura chaqueña. A pesar de sus condiciones climáticas extremas, este territorio alberga una biodiversidad única, con especies de flora y fauna emblemáticas, además de una profunda relación con las culturas indígenas que habitan la región desde hace generaciones.
Ubicada en la comunidad de Crevaux, en el municipio de Yacuiba, Tarija, la reserva protege cerca de 1000 hectáreas de bosque seco y lagunas temporales, resguardando una muestra valiosa del ecosistema chaqueño. Allí conviven especies vegetales características como el quebracho colorado, el quebracho blanco, la algarrobilla y el palo santo, junto a la caraguatá, planta fundamental para el pueblo Weenhayek, cuya fibra forma parte de una tradición artesanal profundamente ligada al territorio.
El proyecto también aborda la idea de la multibiota, que se refiere a cómo diferentes ecorregiones interactúan entre sí y cómo se pueden gestionar en conjunto. Es un concepto muy complejo, especialmente cuando se trata de territorios compartidos por diferentes países, pero es un desafío que vale la pena asumir.
La reserva es también refugio de una fauna diversa y vital para la región: oso hormiguero, jaguar, pecarí de collar, oso melero, charata, lagartos y numerosas aves y mamíferos encuentran aquí un espacio clave para su supervivencia. Por su ubicación estratégica junto al río Pilcomayo y su conexión con tierras comunitarias del pueblo Weenhayek, Palo Santo cumple además un papel importante en la conectividad ecológica del Gran Chaco.
Este espacio honra también el legado de John Burton, fundador de World Land Trust, cuya pasión por la conservación dejó una huella profunda en este territorio. Hoy, la Estación John Burton continúa esa visión, articulando conservación, investigación, educación ambiental y producción sostenible. Desde 2018, el trabajo en la reserva ha contribuido a reducir presiones como la explotación maderera y la caza furtiva, al tiempo que impulsa modelos como la apicultura, la generación de conocimiento sobre las dinámicas naturales del Chaco y el trabajo conjunto con actores locales para fortalecer la valoración y el cuidado del bosque.
Aun frente a amenazas como la deforestación, la escasez de lluvias, el pastoreo libre y los efectos del cambio climático, Palo Santo sigue siendo un refugio de vida y una apuesta concreta por un futuro sostenible para el Gran Chaco.
Napichán nace del encuentro entre NATIVA y Fundación Avina, y de una visión compartida: construir un polo de innovación para el desarrollo sustentable de biomas, capaz de inspirar nuevas formas de convivencia entre conservación y progreso humano. Desde su origen, fue pensado como un espacio abierto a la colaboración, donde distintos actores puedan sumar conocimiento, experiencia y compromiso para imaginar y poner en práctica modelos sostenibles en el corazón del Gran Chaco.
Su construcción parte de una convicción profunda: no existe desarrollo sostenible sin la participación activa de las comunidades originarias. Por eso, las poblaciones del entorno, mayormente guaraníes, fueron convocadas, escuchadas e incorporadas desde el inicio. Junto a ello, Napichán se nutre del trabajo científico en el territorio y del apoyo de la filantropía internacional, que hizo posible dar los primeros pasos de este proyecto.
Con los pies en la tierra, NATIVA aporta a Napichán su conocimiento del Gran Chaco Americano y de las prácticas productivas locales, que sirven de base para impulsar nuevas iniciativas. Entre ellas, la apicultura bajo monte y la ganadería bajo monte, modelos que buscan producir cuidando la biodiversidad, fortaleciendo la resiliencia del ecosistema y generando oportunidades concretas para la región.
Napichán es también un lugar para la generación de conocimiento. Lo que allí se investiga, experimenta y aprende busca trascender el territorio inmediato y aportar información abierta, experiencia y soluciones útiles para otros centros de investigación y para otros biomas del mundo. Más que un proyecto aislado, Napichán se proyecta como un faro de innovación, colaboración y sostenibilidad.
El río Pilcomayo y sus riberas conforman uno de los territorios más valiosos y complejos del sur de Bolivia. A lo largo de su recorrido, enlaza ecosistemas, sostiene biodiversidad, alimenta medios de vida y resguarda una parte fundamental del patrimonio natural y cultural de Tarija. Más que un curso de agua, el Pilcomayo es un corredor vivo que conecta paisajes desde los Andes hasta el Chaco, manteniendo la continuidad ecológica entre bosques, humedales, bañados y áreas de alta importancia para la conservación.
En sus márgenes habitan especies de flora y fauna emblemáticas y amenazadas, como el jaguar, el oso bandera, el sábalo, el dorado, el yacaré y el palo santo. Sus humedales y bosques de ribera son refugio, ruta y fuente de alimento para peces migratorios, aves acuáticas, mamíferos y reptiles. Al mismo tiempo, este territorio sostiene la vida y la cultura de los pueblos indígenas Guaraní, Weenhayek y Tapiete, así como de comunidades campesinas que dependen del río para el agua, la pesca, la apicultura, la ganadería, la artesanía y otras actividades esenciales.
Sin embargo, el Corredor Pilcomayo enfrenta presiones crecientes: deforestación, cambio de uso del suelo, incendios, contaminación, sedimentación, sequía y los efectos del cambio climático amenazan la funcionalidad ecológica del río y las formas de vida que dependen de él. Frente a ello, su conservación plantea una visión que no separa naturaleza y territorio, sino que busca proteger la biodiversidad, fortalecer la conectividad, revalorizar los saberes y usos tradicionales, y promover alternativas sostenibles que aporten al desarrollo local y al vivir bien.
Pensar el Pilcomayo como corredor es reconocer que su valor no está solo en el agua que transporta, sino en todo lo que articula a su paso: especies, culturas, economías y posibilidades de futuro. Por eso, el Corredor Pilcomayo se proyecta como un espacio de conservación, investigación, gestión colaborativa e innovación territorial, capaz de sostener la vida en una de las regiones más frágiles y decisivas del Gran Chaco.