El pasado viernes 7 de noviembre, mi compañero Romer Miserendino y Yo, Juan de Dios Garay, ambos biólogos investigadores, estábamos realizando un diagnóstico de biodiversidad en la zona de Yumasa, dentro del área del Cañón del Pilaya.
Nuestro objetivo era descender aproximadamente 800 metros de desnivel desde la comunidad de Yumasa (ubicada a 3.030 m s. n. m.) unos 2,5km, hacia zonas de vegetación más arbórea, más densa, distinta a los pastizales de altura, donde teníamos previsto realizar estudios de flora y fauna y recoger imágenes de cámaras trampa instaladas tres meses antes.
El hecho ocurrió, aproximadamente a las 9:30 de la mañana, durante el descenso por un sendero escarpado y de difícil acceso. En cierto punto del recorrido, al evaluar y convenir la factibilidad de instalar más cámaras, decidí regresar al campamento base (la escuelita de la comunidad), mientras mi compañero Romer permanecía tomando datos y fotografías, avanzando lentamente.
Al regresar, unos 35 a 45 minutos más tarde, lo encontré en una cañada, tras haber caído aproximadamente 5 a 6 metros sobre el lecho rocoso de una quebrada seca. Presentaba heridas abiertas en ambos lados de la cabeza —siendo el lado izquierdo el más afectado— y dificultad para respirar debido a un fuerte dolor en la espalda. Estaba ensangrentado, con pérdida parcial de conocimiento, y su cámara fotográfica tenía el lente zoom completamente destruido.
Inmediatamente le brindé primeros auxilios: detuve la hemorragia y lo vendé con su propia camisa. Una vez estabilizado, después de unos 15 minutos, le informé que iría a buscar ayuda.
El mayor problema fue la total falta de comunicación. En Yumasa no existe cobertura móvil, y menos aún en las zonas profundas del cañón. En una emergencia no es posible solicitar ayuda inmediata ni contactar a una ambulancia, un médico o un equipo de rescate. Tuve que ascender cerca de 350 metros de desnivel desde el lugar del accidente hasta la comunidad —en un tramo de 1,5 km— y luego subir otros 400 metros hasta la cumbre del cerro (aproximadamente 3.400 msnm) para lograr comunicarme con NATIVA, la institución de la cual dependemos. Conseguí establecer contacto alrededor de las 10:30 o 10:45 de la mañana, pero la ayuda recién llegó a las 16:30 de la tarde, debido a las dificultades para reunir al equipo de rescate y trasladarlo desde Tarija.
Quiero destacar la solidaridad ejemplar de los comunarios de Yumasa. El señor Ademar Muñoz fue el primero a quien encontré y pedí ayuda; le entregué mi botiquín de primeros auxilios para que descendiera al lugar, atendiera las heridas y acompañara al herido. Momentos después, las señoritas María Castillo y Martina, al enterarse de lo ocurrido, bajaron voluntariamente a prestar apoyo, seguidas por don Andrés Martínez, quien también colaboró. No contaban con equipos médicos, solo con su voluntad, coraje y humanidad. En un lugar donde la vida pende de un hilo ante cualquier accidente, su ayuda fue el sostén emocional y práctico que mantuvo con esperanza a mi compañero.
Cuando finalmente llegó el equipo de rescate —integrado por Matías López, técnico y compañero de nuestra institución, y cuatro rescatistas— se procedió a inmovilizar a Romer e iniciar la evacuación, aproximadamente a las 17:20. Sin embargo, la zona más profunda del cañón es extremadamente difícil de transitar, y el peso del herido (aprox. 83 kg) complicó aún más el ascenso. La oscuridad, la llovizna y el agotamiento nos obligaron a pasar la noche en el trayecto. Nuevamente, la solidaridad de los comunarios fue crucial: ofrecieron frazadas para abrigar tanto al herido como al equipo de rescate.
Al amanecer, llegaron tres rescatistas adicionales y, con el apoyo de los comunarios, logramos sacarlo hasta el punto donde esperaban los vehículos, alrededor de las 11:10 de la mañana del día siguiente. Posteriormente fue trasladado a la ciudad de Tarija para recibir atención médica. Los exámenes confirmaron un hundimiento craneal no grave y una fisura en la sexta vértebra.
Actualmente, Romer continúa en recuperación en la ciudad de Tarija. Se encuentra estable y bajo observación médica, y en los próximos días los especialistas deberán confirmar si está en condiciones de viajar a Santa Cruz para continuar su tratamiento cerca de su familia.
Este accidente revela de manera contundente las graves limitaciones en comunicación y atención médica que enfrentan las comunidades rurales. En situaciones de emergencia, la falta de señal telefónica y de servicios de salud adecuados puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Al mismo tiempo, pone de manifiesto la profunda solidaridad y humanidad de la gente del campo, cuya ayuda desinteresada fue crucial para salvar la vida de mi compañero.
Lamentablemente, este accidente no es un caso aislado, sino un reflejo doloroso de la realidad que viven muchas comunidades rurales. En la región del Pilaya, el acceso inmediato a servicios de salud y a medios de comunicación confiables es prácticamente inexistente. Cuando ocurre una emergencia, las horas de espera pueden ser fatales. En muchas situaciones similares, las complicaciones no se deben tanto a la gravedad inicial de la herida, sino a la falta de atención oportuna: lesiones que podrían tratarse con rapidez terminan convirtiéndose en infecciones severas, hemorragias incontroladas o daños mayores por la imposibilidad de inmovilizar y trasladar al paciente a tiempo. Es esa demora —y no siempre el impacto del accidente— la que transforma un incidente manejable en una tragedia.
El caso de Romer debe ser un llamado urgente a las autoridades, a las instituciones y a la sociedad civil para actuar de inmediato y prevenir futuras tragedias. Es indispensable implementar cobertura móvil o satelital en puntos estratégicos, capacitar a los comunarios en primeros auxilios, dotarlos de botiquines y equipos de emergencia accesibles, y establecer protocolos claros de rescate en zonas aisladas.
Lo ocurrido en el Cañón del Pilaya no debe repetirse. No es aceptable que, en pleno siglo XXI y en una región tan rica en biodiversidad y cultura, una persona herida deba esperar más de seis horas para recibir atención médica básica y más de 24 horas para llegar a un centro de salud. La vida en el campo vale tanto como la vida en la ciudad, y merece las mismas oportunidades de protección y asistencia.
Que este hecho marque un antes y un después, despertando conciencia y compromiso. Que se entienda que sin comunicación, sin salud y sin preparación, incluso la naturaleza más hermosa puede convertirse en un riesgo. Y que nunca más un comunario del Pilaya pierda la vida por falta de auxilio o de esperanza.